
El jueves pasado me encontré con un amigo de mis viejos que me conoce desde muy chico y es de los pocos que me llaman con mi nombre completo. '¿Cómo estás, JoséMiguel?', me preguntó (no separo los nombres porque él tiene la costumbre de decirlos como si fueran uno solo). Y eso sí que fue demasiado. Me incomodó bastante volver a escuchar mi nombre entero. ¿Sigue siendo mío? ¿Yo soy José Miguel? Es un nombre espantoso, no me jodan. Encima José me pusieron por un tío muerto y Miguel por un amigo enrulado que tenía mi vieja en la infancia, a quien le juró que cuando tuviera un hijo lo llamaría de ese modo para que tuviera rulos como él. Encima de nombre horrible, ese vecino de mierda me mandó esta virulana, imposible de peinar ni de alisar
Los segundos nombres (o, inclusive, algunos nombres muy feos, como el mío) nos ponen ante decisiones que preferiríamos no enfrentar: uno siente que esconde parte de su personalidad si no dice la verdad completa, pero hay que saber regular la información y mantener escondidos tatos que mejor no sacar al sol
Nota: Me pareció pertiné ilustrar este post con Roberto Godofredo Christophersen Arlt (seguro que se hacía llamar 'Rober')
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