lunes, abril 24, 2006

Hazmerreir

Era un viernes a la noche, yo tenía más o menos 22 años y mi viejo me dijo: 'me anoté para un curso de risoterapia, que es mañana'. 'Ajá', pensé yo, bastante sorprendido. 'Y también te anoté a vos, ¿me acompañás?' Nunca una pregunta fue más retórica. Claro que lo iba a acompañar, aunque el título del curso me daba un poco de miedo

Nos despertamos temprano, porque el curso arrancaba a eso de las 9. La primera actividad, por suerte, fue desayunar. Así que compartí un cafecito con varias cincuentonas en jogging. Me esforcé mucho, pero no encontré a las hijas de esas señoras. O sea, estaba solo (o, peor, con mi papá) frente a un ejército de señoras muy interesadas en las bondades de la risoterapia. Fue una jornada larga, pero inolvidable

Como en toda actividad new age, lo primero que tuvimos que hacer fue descalzarnos. Mi viejo se sacó sus zapatillas, peló unas medias con ositos y se hizo el canchero con las viejas, que se turnaban para elogiárselas. Claro que él nunca mencionó que esas medias eran mías y que me las había achacado silenciosamente. No entré en la competencia y yo también se las elogié, como si las viera por primera vez

No me acuerdo muy bien todas las actividades que organizó el profesor, que se llamaba Mario Satz, mi memoria sólo retuvo algunos highlights. Satz, que cobró 50 mangos por participante, leyó algunos textos en los que se remarcaba una y otra vez el valor de la risa en momentos difíciles y también compartió muchas estadísticas, que revelaban que la risa prolonga la vida

La única actividad que me acuerdo fue la más limada de todas. Había que recostarse en el piso y apoyar la cabeza en la panza de la persona que teníamos detrás. De esa manera, se suponía que cuando la otra persona se riera, nos movería la cabeza y se produciría un efecto contagio

Me acuerdo claramente del profesor haciendo una risa muy falsa, pero muy grosa y contagiosa. Al principio nadie se animaba a reirse, pero pocos minutos después las viejas se deshacían en carcajadas, mientras el tipo mechaba algunos chistes muy de salón. Yo no podía creer el cuadro en el que estaba metido. Me quería ir urgentemente de ese lugar, que a la vez me producía mucho morbo. Quería saber la historia de cada vieja, preguntarles hacía cuánto que no se reían en serio y qué las había llevado hasta ahí. Muchas más preguntas tenía para hacerle a mi viejo. Pero no me animé. Preferí que me contagiara la risa la panza que tenía debajo de mi cabeza y reirme un rato, aunque no tuviese la menor idea del motivo

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