
En los fichines uno se podía encontrar con gente muy distinta y había que aprender a lidiar con todos. Desde el que se ofrecía para ganarte una pantalla con la hermosa frase '¿querés que te lo gane?', hasta los que te mangueaban guita. También estaban los más grandes, casi siempre jugando al pool. Los más grandes emanaban un sentimiento que cruzaba el misterio, miedo con el respeto, algo similar a lo que se siente en primer año con los de cuarto. La fonola tenía un lugar importante y la catarata esa de monedas era una trampa caza nabos de la que había que mantenerse lejos
En los fichines se encontraba la fauna del barrio. Quizás después te los cruzabas por ahí y no los saludabas, pero sabías que lo conocías de los fichines. Cerca de mi casa había dos que eran muy distintos entre sí: el Sacoa de Santa Fé y Coronel Díaz, con las máquinas más modernas y los flippers más novedosos y, por otro lado, el de Canning y Charcas, en donde todo era un poco más viejo

Jamás fui a jugar a un cyber y los pocos ratos que allí pasé fueron muy deprimentes. El fantasma de los jeropas viendo porno le dan una pátina muy sospechosa a todos los teclados y los pendejos jugando en red pueden ser insoportables. Cada uno está frente al monitor con sus auriculares gigantes, mientras el cajero chatea por msn. No quiero decir que todo tiempo pasado fue mejor ni que los fichines fueron el punto de encuentro de toda una generación. Simplemente, quiero jugar al Locos Adams o al World Cup y no encuentro dónde hacerlo
1 comentario:
Es cierto... los cyber tienen en general una pátina medio turbia.
Nunca jugué juegos en red, pero el emulador de juegos de arcade (a.k.a. fichines) es un recurso al que apelo de vez en cuando, si me pintan las ganas de jugar a algo.
Abrazo
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