jueves, mayo 21, 2015

Feria americana japonesa

De todos los compañeros que tuve en los distintos cursos de alemán, pocas personas me cayeron tan bien como Yucco. Japonesa, petisa, graciosa y tímida a la vez, hacía siempre la tarea, se sentaba al lado de la profe y me tocó hacer algunos ejercicios de diálogos con ella. Hablaba muy bien y el alemán nunca sonó tan gracioso como con ella. Yucco es pop. Se pone todo junto y le queda bien. Animal print, celular con un estuche con perlas, gorro, aros. Más que coqueta, Yucco es casi una intervención que camina. Le falta la mano derecha y el manejo que tiene del muñón es nivel olímpico. Pasé más tiempo mirando su pericia que prestando atención en las clases. La ausencia de cinco dedos no la transformó en alguien con una discapacidad. Por el contrario, no puede parar de hacer cosas. Se peina, busca algo en la cartera, manda un mensajito, se arregla el maquillaje, anota, tira algo a la basura. En ninguno de sus movimientos aparecía un gesto de vergüenza por exponer el muñón. Tan a la vista estaba que para cualquier distraído podía ser una mano chiquita. Lamenté cuando no siguió cursando y la reemplacé por una coreana de 20 años que se reía de todo lo que yo decía (tenía los 10 dedos). En una clase contó que armó un PDF y una presentación en el living de su casa para convencer a sus padres de que quería venir a Berlin.



Volviendo a Yucco, la semana pasada mandó una invitación a una venta de garaje porque se mudaba y me pareció una gran ocasión para el reencuentro. Estaba dejando un departamento espantoso en una zona casi boscosa, a pocos metros del canal. Casi boscosa, ahora, que hay sol, a veces, y la temperatura tiene dos cifras. Durante medio año esa zona es medio desolada, pero bueno, Yucco le puso onda y se mudó al primer lugar que encontró, no es tan fácil encontrar departamento en Berlin. Quinto piso por escalera, cocina y baño sin ventanas, no es el lugar más cálido, aunque Yucco tampoco necesitaba un palacio. Trabaja de vendedora en Uniqlo y no pasa tanto tiempo en su casa. Había ordenado las cosas en bolsas grandes y las mejores pilchas (de Uniqlo) colgaban en una percha de la ventana. Se le notaba el muñón de guitarrero cuando le preguntabas un precio o si el talle era chico. Por optimista y persuasiva casi le compro un vaso de plástico que incluía un tenedor y un vaso más chico. Era espantoso pero ella decía que era ideal para el pic nic y uno pensaba en darle chance. ¿Cuánto podía salir? En eso estábamos, revisando chucherías y mirando el muñón de reojo, cuando el gato de Yucco intentó ingresar al cuarto desde el balcón. Se metió por el pequeño espacio que había quedado de la ventana abierta y se quedó trancado. Casi todo el cuerpo adentro, dos patas y la cola enganchados. Yucco lo agarró por las patas delanteras, el gato se movía, no era fácil de cazar. Después lo tiró para arriba, como a veces se juega con los bebés, el gato movió las patas y de golpe sólo seguía la cola enganchada. Otro empujoncito de Yucco y terminó de salir. Toda la acción estuvo acompañada por los gritos de ella y del animal, similares, en algún punto, agudos y breves. Mi pibe miraba la escena azorado, con los ojos más grandes que nunca. Le tomó mucho miedo al gato y no dejó de relojearlo ni cuando el minino se fue a dormir la siesta a un sillón. Yucco se acercó sigilosa, para no despertarlo, y le sacó una foto que subió a Instagram.

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